La Promesa

Habíamos discutido. Bueno, técnicamente no. Yo estaba enojado por algo. Ella creía que estaba enojado por otra cosa y me pidió perdón por ello. A mí me molestó que me pidiera perdón por algo que, a mi parecer, no lo merecía. Estaba enojado. A ella le molestaba que yo no pelee. Que no discuta. No discuto porque soy un inseguro del orto que prefiere siempre ceder.
Siempre me sorprendió que las cosas que a ella más le molestaban, fueran aquellas que no me pasaban. Le molestaba que no tuviera celos, que no peleara. Bah! Eso imagino. Nunca fuimos mucho de decirnos lo que nos molestaba del otro. Ese día tampoco.

Voy a poner algo más de luz en el asunto así dejamos de hablar en el aire.

Estábamos en la mesa a punto de compartir una cena. Sus padres, su hermano, su hermana, su sobrino, ella y yo. Su sobrino me adoraba y yo lo adoraba a él. Me decía TIO y eso, aún hoy, me pone la piel de gallina. Esta confianza y cariño que nos teníamos con el pequeño, lo llevaban a veces a irse de boca. “¿Sabías que no sos el primer novio que trae?” dijo a viva voz el enano mientras ella servía la comida. Reí un poco. Soy consciente de su pasado y nunca me jodió. Pero ella creyó que me iba a molestar y le arrojó un pedazo de pan al nene. Me molestó muchísimo que me ponga en ese lugar. Mucho en serio. ¿Por qué pensó que me iba a molestar eso? ¿Tanta imagen de ogro proyecto? No la entendía. Ella me miró como queriendo disculparse por lo que su sobrino dijo. Y yo solo quería que se disculpe por ser bruta con el enano. Y por creer que lo que dijo me iba a molestar.
Comimos en silencio. Vimos una película casi sin hablar y nos fuimos a la cama. Imagínate lo enojado que estaba que esa noche no tuvimos sexo. Incluso le di la espalda para dormir. Bueh! “Dormir”. No pegamos un ojo. Ni ella, ni yo. A la mitad de la noche, me toca la espalda y me pide perdón. Perdón por lo que dijo el nene. Lo que me revivió el enojo. Y ahí iniciamos eso parecido a una discusión. No fue una discusión. No peleamos nunca, ya lo dije. Pero fue quizás la charla más sincera de toda nuestra relación. Y eso hace que lo que sucedió después tenga un marco aun mayor, y quizás por eso aun hoy lo sigo sobre dimensionando.
“Me jodió como reaccionaste”, “Creí que te molestaba lo que habías escuchado”, “no soy celoso”, “A veces siento que te da lo mismo y por eso no discutís ni me celas”, “No es así”. Nos tiramos con estas frases hasta que nos pusimos de acuerdo en que, en ese momento, nos estábamos amando. Esa disputa breve entre lo que nos pasaba y lo que creíamos que pasaba, nos abrió. Nos permitió brindarnos y largar cosas que nos pasaban en ese momento, y cosas que nos pasaron incluso antes de conocernos, y aun nos hacían ruido. La charla era cada vez más íntima, más profunda. Nos conocíamos hace bastante y aun así todo lo que nos estábamos contando era una novedad. En la catarata de sentimientos que era esa charla, en la que los muros que levantamos para defendernos caían como cayeron nuestras ropas aquella primera vez que nos amamos, nos tocó hablar de nuestros miedos. No voy a hablar de los suyos. No voy a verter en este canal lo que ella, en plena confianza, me confesó. No se lo merece. Pero si voy a escribir sobre el mío. Nunca se lo había dicho a nadie. Real. Si blanqueo siempre que le tengo fobia a las arañas. No me da vergüenza decirlo. Puede pasar. No le temo a la muerte, no le temo al dolor. La vida me llevó a hacerme amigo de estos últimos. No me gustaría quedarme pelado y la posibilidad de una ceguera en mi ancianidad no me agrada. Pero miedo no le tengo. A lo que si le temo, es a la soledad. No le tengo miedo a estar solo. He pasado mucho tiempo solo. Hoy paso mucho tiempo solo. Y lo disfruto. Mi miedo es la sensación de soledad. El sentirse solo. El vacío de no conectar con nadie, el estar encerrado con uno mismo. El estar en un lugar lleno de gente y aun así sentirse solo. Sentir que no hay nadie para mí. O por mí. O conmigo. Me da terror. Me ahoga, me desespera.
Mientras soltaba esta verborragia, mientras me vaciaba de sentir frente a ella, sus ojos brillaban. Y en el momento en que dejé de hablar, sucedió. El ultimo gran instante de felicidad plena del que tenga memoria. El recuerdo más lindo que comparto con ella. El momento en el cual me podría haber muerto y, en verdad, hubiera sentido que mi vida valió la pena. Me tomó la mano, me miró a los ojos y sonriendo me dijo “Te prometo que nunca más te vas a sentir así. Nunca más vas a estar solo”.

Arthur Miller dijo que la mejor manera de olvidar a una mujer es hacerla literatura. Yo a ella ya la superé. Ya viví más de una nueva historia. Lo que no puedo olvidar es ese momento. Ese instante de felicidad plena. Esa última vez que fui feliz sin pensar en nada más que serlo y ya. Y es quizás esta desesperación por superar ese momento, o por vivir más como este, que escribo con mil errores gramaticales, ortográficos, sintácticos. Quiero dejar de ver ese recuerdo como el último instante de felicidad en mi antigua vida.

Ella no cumplió la promesa. Era sabido. Esas cosas no pasan, no se cumplen. Vivimos de todo. Juntos y cada uno por su lado. Nos pasaron cosas que merecen un relato aparte, y este ya se termina. Pero aun cuando ella faltó a su palabra, jamás se lo reprocharía. En ese instante en el que me dijo ello, en verdad creí que no iba a estar solo nunca más. Y fue eterno

Me están haciendo mierda el baño

Si llegaste hasta acá sabes bien que mi papá está muerto. Y que mi abuela también. Y que con mi mamá no tengo relación hace años.
Si tenes la chance de leer esto es porque te di la confianza suficiente, y seguramente ya sepas lo antes mencionado.
Lo recuerdo, nomás, para que cuando enuncie a estos personajes puedas darle la entidad emocional que tienen o por lo menos la que yo le imprimo cuando escribo este texto.
Hoy tengo 23 años. Después de muchas idas y vueltas, más vueltas que idas, vivo en la casa en la que nací. Prácticamente solo. Si vuelvo en el tiempo 10 o 20 años, las diferencias en lo que a mi casa respecta serían puramente de distribución. Algunos muebles antes allá y otros más acá. En lo edilicio los cambios son mínimos. La única variable: La erosión. Hay algo tremendamente triste en eso. Todos los días veo los mismos paisajes que veía cuando chico, pero venidos a menos. Y con menos personajes cada vez.
El “terrenito” donde teníamos el rosal hoy es un páramo con escombros. El cuartito donde guardaba mi bici hoy es una parrillita entre escombros también. La pieza/comedor de mi abuela, donde me escapaba cada vez que mi mamá me ponía películas de terror para amedrentarme por no dormir temprano, hoy es mi pieza. Con la misma pintura resquebrajada, las mismas paredes sin revocar, las mismas manchas de humedad. Y las mismas grietas, pero como yo, más grandes.
La cocina donde mi abuela cocinaba las mejores tortillas de la galaxia hoy es la misma cocina. Pero sin abuela. Y sin tortillas.
Y el baño. El baño es el mismo cuarto hediondo y asqueroso de toda la vida. Bueno. Hasta hoy, que por primera vez en 60 años de clan Fonseca viviendo en esta casa, decidimos hacer ALGO con él.

Estamos refaccionando el baño. De 0. Cambiando caños, rellenando pisos y paredes, cambiando puertas y haciendo nuevamente la instalación eléctrica.

El mismo baño en el que mi papá me enseñó a “hacer heladito”. Esa cursi manera que tenia de decirme que me lave la pija cuando más que pija era una pijita. El decía que si yo no me tiraba la piel para atrás cada vez que me bañaba, de grande me iba a doler hacer pis. La realidad es que los Fonseca tenemos un “mal hereditario” en la poronga, y por más “heladito” que haga la cabeza me molesta igual.

El mismo baño donde mi vieja me metía de prepo mientras me recordaba lo maricón que era por llorar a la madrugada. Pobre mamá. Nunca entendió lo que significaba la angustia nocturna. Ese mal que te hace despertar llorando todas las noches sin motivo aparente. Nunca entendió o nunca quiso entender. Que se yo. Humillarme seguro era más fácil.

El mismo baño donde, escondido de mi abuela, leía las revistas de mi papá. No. Las revistas de fútbol no. No. No leía El Gráfico. Me llevaba esas revistas que contaban relatos eróticos. Y usando mi imaginación y mi mano derecha, descubrí a la compañera más fiel.

El mismo baño donde, ya de grandote boludo, lleve a más de una compañera. Porque “la casa de la abuela se respeta”, pero el baño no tanto.
El baño donde una vez rompí un lavarropas en pleno acto sexual. Mi abuela nunca supo que pasó. Se debe estar enterando ahora. Sorry, abu.

El mismo baño donde una vez, mientras se afeitaba, mi papá me lanzó la única mirada de decepción que le conocí, cuando se enteró que le mentí con aquel examen de matemáticas que tenía que aprobar. Un poco me duele todavía.

Es una locura como un espacio físico tan hediondo como el baño, mi baño, encierra tanto. Estamos hablando de un 2×3, sin agua caliente, sin lavamanos, sin espejo, sin revoque, con bichos, sin puerta, donde siempre hace frío. Probablemente el lugar más feo de mi casa. Y aun así, cada centímetro tiene una historia. Un pedazo de memoria. Un recuerdo.

Cuando el albañil pegó el primer mazazo y cayó el primer pedazo de pared, me corrió un escalofrío. Por un instante pensé en suspender todo. No sean giles, no lo hubiera hecho. Se bien que es par a mejor. Pero díganme si no sentirían lo mismo si ven como un desconocido le da con un martillo gigante a un pedazo de su memoria.

Extraño a mi papá. Me gustaría que él esté acá. Seguramente el podría ayudar a los albañiles mejor que yo. Seguramente a él no lo cagarían con los materiales como seguramente me estén cagando a mí. El sabría que decir para que mi tía no esté tan ansiosa. El no se asustaría como yo cuando uno de los albañiles le diga “Rompimos un caño, llamá a un plomero”. El era un hombre de verdad, hecho y derecho, como los de antes. Yo no. Jamás voy a ser un cuarto del hombre que fue él. Pero me gustaría mucho que él estuviera acá para verme intentarlo. Daría todo por ver su reacción al verme haciendo lo que ningún otro en la familia hizo. Algo por la casa. Algo para el futuro. Para los que vienen. Me niego a, como él, morirme en la erosión. Morirme y dejar el lugar en el que viví como si no hubiera existido. Me niego a que mi paso por la casa pase desapercibido.
Probablemente nunca deje en alguien la marca que mi papá dejó en mi. Pero por lo menos sé que voy a dejar una marca en la casa que compartimos 18 años.

Perdón que me ponga todo sentimental y sensible. Pasa que los paraguayos son unas bestias y me están haciendo mierda el baño.

Bienvenido a nuestro infierno

¿Y si te digo que allá, tras aquellos muros, hay un infierno para vos? Todos tenemos un infierno. Y aunque en él nos crucemos con todos, ese infierno que allí te espera es personal. Único. Irrepetible. Solo para vos.

Un infierno en el que cada ciclo se repetirá eternamente.

Todos los días amanecerás con sueño. Tus ojos arderán. Tu cuerpo pesara una tonelada, pero aun así algo te obliga a moverlo.

Todos los días te miraras al espejo, obligatoriamente, y te encontraras odiando lo que ves.

Todos los días serás, repetidas veces, devorado por un gusano enorme que te amontonara en su estomago con otros cientos de condenados. Y aunque sus ácidos te quemen el cuerpo, no va a terminar nunca de digerirte. En el preciso momento en el que sientas que no aguantas más, se desprenderá de ti como se desprende uno de sus desechos y te depositará en tu siguiente celda.

Cada ciclo serás enjaulado en una celda diminuta en la que estarás condenado a repetir y repetir los comandos de un titiritero que con filosos hilos invisibles estrujará tus brazos, tus piernas y tu voluntad.

No habrá día en el que no hagas una visita por las academias del infierno. Lugar en donde unos gerontes enormes te rebanaran la cabeza y vomitaran en el hueco, donde alguna vez hubo un cerebro, su bilis. Y te obligaran a arrastrar tu cuerpo, de cuarto en cuarto, para que otros tengan la posibilidad de hacerlo también.

Todos los días, un ángel se te presentara. Cada día uno distinto. El mismo te sacará el corazón y lo estrujara una y otra vez antes de ponerlo de nuevo en su lugar, para luego llevarte a un lugar especial en tu infierno. El vacío.

En El vacío no hay nada. No hay paredes donde apoyarse, ni piso donde pararse. No hay cielo, tierra, agua, aire. No hay gente ni animales. En El vacío estás vos. Solo.

Luego de esa visita a El vacío, toca volver a tu cubículo asignado. Ese en el que cada día despertás con sueño y pesando una tonelada. Allí está el lugar en el que todo lo que soñaste alguna vez puede tomar cuerpo, pero jamás vas a poder hacer uso de ello. Allí tendrás las mejores comidas, pero nunca hambre. Ni ganas de comer. Ni boca con la cual hacerlo. Allí las camas más cómodas, con las ropas mas suaves te esperarán. Para que no puedas dormir jamás. Ni descansar. Ni recostarte. Allí las mujeres más bellas, las más voluptuosas, las mas sensuales, estarán disponibles para vos. Que no tendrás apetito sexual alguno. Ni erecciones. Ni miembro que estimular, ni dedos con los cuales tocar.

En tu infierno llevaras tatuado un símbolo. No todos tendrán el mismo símbolo, pero ese símbolo que tu tendrás lo compartirás con muchos otros. Ese símbolo, para vos y todos, representará la esperanza. La ilusión.

Cada 7 días, ese símbolo arderá y te quemará la piel. Cada 7 ciclos ese símbolo se romperá en mil pedazos, y vos con él. Luego de sufrir el mayor de los dolores, la más triste desilusión, un monstruo sin ojos y sin piedad, vendrá para reordenar tus pedazos y antes de irse, volverá a tatuar con fuego ese símbolo.

¿Estás listo para una eternidad de esto? ¿Te preparaste lo suficiente para ello? ¿Disfrutaste tu pequeña vida? ¿Te ayuda saber lo que te espera? No importa. Igual vas a terminar allí. Acá. Donde estamos todos. Donde estoy yo que te estoy hablando.

Dale. Levántate. Salí a la calle. Te espera tu infierno

Ya no sirvo para esto.

Me gustaba una chica
De esas que viven lejos y estudian filosofía

Me gustaba una chica
De esas que son simpáticas y conversadoras.

Me gustaba una chica
De esas que no podes interpretar nunca si te tiran onda o nada que ver.

Me gustaba una chica
Y yo le gustaba a su amiga.

———–

Le regalé historias a la chica que me gustaba.
Ella me respondió con su atención y su mirada.

Le mostré mi forma de hablar a la chica que me gustaba.
Ella me devolvió palabras hermosas, con una voz hermosa.

Le hablé de mis proyectos y mis amigos.
Ella me contó de los suyos.
Y me presentó a su amiga.

———–

La chica que me gustaba estaba dispersa.
Su amiga no.

La chica que me gustaba no me prestaba atención.
Su amiga si.

La chica que me gustaba jamas me aceptó una salida.
Su amiga me las proponía.

———-

A nadie le gusta estar solo
Por eso acepté.

Su amiga me decía cosas muy lindas.
Por eso respondí.

Su amiga me hablaba de formas en las que hace mucho no lo hacían.
Por eso la escuché.

Su amiga me hacía sentir atractivo
Por eso aflojé.

Su amiga me invitaba a conocer lugares que me eran ajenos.
Por eso fui.

Su amiga me hacía reír.
Por eso retribuí.

Su amiga me besó.
Por eso la besé.

Su amiga me invitó a su casa.
Por eso accedí.

————

Tuve un sexo fenomenal y no me sorprendió.
Pasamos la noche juntos y no me sorprendió.
Nos mimamos antes y después de dormir
y no me sorprendió.
Le canté canciones y me besó en el desayuno
y no me sorprendió.
Me acompañó hasta la puerta y me despidió con afecto
y no me sorprendió.

A los pocos días dejó de hablarme.
Y me sorprendió.

————-

Me había ilusionado
Pero la chica que me gustaba seguía allí.

Por un momento creí que su amiga era la indicada
Pero la chica que me gustaba seguía allí.

Es triste la desilusión.
Pero la chica que me gustaba estaba aquí.

————-

La chica que me gustaba se preocupaba por mi
Y me encantaba

La chica que me gustaba me cuidaba
Y me encantaba

La chica que me gustaba me leía cuentos de Benedetti
Y me encantaba

La chica que me gustaba no sabía que me encantaba.

————-

Le dije que me gustaba
Me animé

Le dije que me gustaba
Me desahogué

Le dije que me gustaba
Me arrepentí

Le dije que me gustaba
Lo repetí.

————-

La chica que me gustaba dijo que soy dulce

La chica que me gustaba dijo que soy tierno

La chica que me gustaba dijo que soy bueno

La chica que me gustaba dijo que soy un gran chico

La chica que me gustaba dijo que soy su amigo

Yo no dije más nada.

————-

Pensé en la chica que me gustaba
Y abrí un ron

Pensé en la soledad
y abrí un vodka

Pensé en su amiga y como desapareció
Y abrí un tequila

Pensé en los cuentos de Benedetti
Y abrí un vino blanco

Pensé en la abulia
Y abrí un whisky.

Pensé en todo lo que bebí
Y abrí la tapa del baño.

———–

Ebrio soy valiente y encarador.
Ebrio soy alegre y ocurrente
Ebrio bailo bien y tengo gracia
Ebrio la conocí a ella.

———–

Ella era distinta a todas y a todas.
Ella tenia un cuerpo espectacular.
Y una actitud avasallante.

Ella me conocía y aseguraba haberme leído.
Ella tenia una voz profunda.
Y un vocabulario terrenal.

Ella era directa y no dudaba en declararme sus intenciones.
Ella me miraba fijo.
Y sé que podía ver más allá.

Ella me convenció de que había vida después del sexo.
Ella me sonrió.
Y se invitó a mi casa.

————

Le prometí un palacio
Y se conformó con mi pocilga

Le prometí agasajo
Y se conformó con dos cervezas.

Le prometí las más bellas criaturas
Y se conformó con mi cachorro.

Le prometí desayuno en la cama
Y se conformó con un cigarro y unas caricias

Le prometí un paraíso
Y se conformó con mi cuerpo

————–

Hacía mucho que no tenia tantas ganas de besar a alguien
Y nos besamos.

————–

Llegamos a mi casa.
Reímos.

Entramos a mi cuarto.
Reímos.

Nos besamos.
Reímos.

Nos quitamos la ropa.
Reímos.

Tuvimos sexo.
Reímos.

nos entrelazamos para dormir
Reímos.

Tuvimos sexo una vez más.
Reímos.

—————–

La vi cuando me vio
Era linda
Y estaba todo bien

La vi cuando bebía
Y estaba bien.

La vi mientras me besaba
Era hermosa
Y estaba todo bien.

La vi cuando se desvestía
Y estaba muy bien

La ví mientras dormía.
Era preciosa
Y estaba todo bien.

La vi cuando se iba
Y ¿Estaba todo bien?

——————–

Salimos de casa y quise tomarla de la mano
Choqué con su problema de manos sudorosas.

Quise abrazarla
Choqué con el pesado clima de este verano.

Quise besarla
Choqué con sus “temitas” con el aliento matinal.

Quise hablar
Choqué con su humor.

Quise que nos volvamos a ver, conocernos.
Y no choqué con su cabeza, porque está en otro lado y en otra persona.

Quisiera volver a verla.
Pero choco con sus “mambos”

Quisiera volver a hablarle
Pero choco con los míos.

——————–

Ya no sirvo para esto
Ya no estoy para estos trotes
Ya no aguanto estas dinámicas.

———————

Es como dijo Bukowski….
Necesito una buena mujer.-

Chau Número tres

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres
sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
seguro sin seguro
te dejo frente al mar
descifrándote a solas
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota
te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía
pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono
estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos
estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra
estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen
y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

Leer y escribir

El que lee escribe. Escribe y reescribe al leer lo que lee. Destroza y derrumba lo que lee, porque eso en cierta forma se llama interpretar, adecuar, acomodar. El que lee destruye lo escrito a medida que lo va leyendo y casi simultáneamente lo tipea en su cerebro, en su intelecto, a su manera. El que lee decodifica continuamente lo que lee para entenderlo y comprenderlo y si no le gusta o no entiende lo que lee lo tritura, lo reprocesa y lo arma otra vez y de otra manera que le sirva. Entonces… ¿sirve escribir? Sí, por supuesto que sirve, porque algo siempre queda y algo siempre le gusta al que lee. Lo que me pregunto es si sirve de manera didáctica, si sirve para hacer y hacerse entender, si sirve para que el que escribe se explique y explique lo que tenía en la cabeza… porque no es un secreto, el que escribe se va explicando y va explicando para tratar de entender lo que acaso nunca escribió. El que escribe tira de sus pensamientos, los baja al corazón, los imprime, los plasma y los dibuja con firuletes llamados letras para luego leer y entenderse. ¿El que escribe logra en algún momento entender lo que escribió? ¿El que escribe destruye y demuele lo que escribió al leerlo como el que lee? Tal vez lo que escribo parezca un trabalenguas o un intríngulis, y en cierta forma sí lo es. Es un misterio y nunca creo que podamos saber qué es lo que finalmente queda en el papel. Qué es lo que el que lee lee y que es lo que el que escribe trató de escribir. El escritor pulsea y lucha con la lapicera o con los botones para hacerse entender y luego reza para que el lector lo destruya y lo reescriba lo menos posible. El lector es a veces piadoso y trata de entender sin cambiar las palabras, sin destruir y sin disentir hasta que termina de leer lo escrito. ¡Atención!, muchísimas veces el que escribe tiene suerte porque el que lee embellece lo que lee, lo mejora y lo readapta a beneficio del que escribe.

¿Se dieron cuenta de la desesperación que emana a veces el que escribe? Muchas veces leo, sobre todo en diarios, columnas, escritos, editoriales e informes que chorrean ansiedad, sangre y sudor. Palabras que luchan entre sí, que se enredan, que se contradicen, que se autorizan y se desautorizan. Palabras que se empujan y se codean como si una quisiera estar antes de la otra. Frases que gritan y se desgañitan. Frases que tienen un altoparlante en la mano pegado al oído del lector para gritarles hasta hacerles volar el cerebro, limpiarlo de ideas para luego instalarse como nueva frase. Hay escritos desesperados que ruegan y reclaman ser entendidos y sobre todo obedecidos: “¡Hagan esto urgente!”, gritan los escritos como si quisieran que todo la manada adhiera para que el mundo no se acabe o para tener un mundo mejor. Hay escritos y escritores que sacuden y zamarrean desesperadamente a los lectores para que los sigan, para que confíen en ellos y en los escritos ciegamente. Hay lectores y lecturas que hacen esto y se tiñen lentamente del color del escritor y del escrito, eso pasa muchas veces en la sección de política, por ejemplo, cuando el lector es convencido no como sinónimo de lavado de la cabeza, sino como sinónimo de haberle explicado bien las cosas.

¿Para qué lee el que lee? ¿Porque está aburrido? ¿Por qué quiere entender algo? ¿Por qué está solo? Muchas veces el que lee lee porque está enojado y quiere entender, quiere que alguien le explique urgente lo que no entiende, quiere que alguien lo acompañe en su soledad de no entender, ya sea la vida, una traición, un amor, un decreto de un diputado.

También sucede muchas veces que el escritor está enojado o aburrido… y por qué no solo, y por eso escribe. Escribir y leer son casi la misma cosa. Escribir y leer son cosas totalmente distintas. Escribir y leer son a veces un baile que se va desarrollando en cámara lenta desde que el escritor va tramando las palabras, las imprime, las registra, el papel se desprende de las manos del que escribe, inicia su viaje al lector y el lector empieza a leer. Miles de lectores leen lo que uno solo escribió y al final del día las opiniones de esos miles son millones. El escrito se multiplica, se reproduce, a veces se alarga, se le producen apéndices, posdatas, epígrafes, aclaraciones. El escrito renace, pare otro escrito, florece y se abre en la cabeza del lector transformándose en otro escrito, con otra intención, con otra entidad… un escrito que nunca quiso ser escrito, pero el que lee logra estos fenómenos.

Las millones de opiniones, los millones de corazones, los millones de cerebros y de almas a los que llegan los escritos son culpables de su deformación y de su nueva intención en muchos casos, sea para mejor o para peor esto es inevitable.

Los malentendidos se producen todo el tiempo, hay millones de malos entendidos por segundo. Hay millones de mensajes mal recibidos por segundo y también hay millones de escritores y lectores que trabajan y se esfuerzan por entender y hacerse entender.

Me llena de esperanza que siga habiendo escritos, escritores, lectores y lecturas; eso significa que estamos tratando de hacernos entender, estamos tratando de salvarnos mutuamente. Me llena de esperanza ver a alguien escribiendo y ver a alguien leyendo. Me alegra y me emociona el acto de leer y de escribir. Aplaudo al que escribe, me pongo de pie ante el que lee, a lo mejor algún día ocurre un milagro y todos nos hacemos entender. A lo mejor algún día todo se aclara, el que lee entiende y el que escribe se hace entender. Me conmueve ver diarios, revistas, libros, cartas, papelitos, grafittis, mensajes, textos, mails y palomas mensajeras que todos los días y a cada minuto van y vienen, se cruzan, corren y vuelan para comunicar al que lee con el que escribe y viceversa.

Me aterra el malentendido, la destrucción del lector, lo que el que lee reescribe. Me da pánico que el que lee escriba otra cosa, otra idea. Me aterra que el que lee haga de mí un nuevo ser, una nueva persona, un nuevo escritor. Me angustia que el que lee tenga una idea errónea y desprenda sus propias palabras de mi pluma. Que me haga de una idea nueva, que me reconstruya y que me haga de principios o ideales que no tengo.

Me tranquiliza no tener control sobre eso, me calma y me relaja no saber quién es el que lee. Tiemblo también porque muchas veces quiero matar al que leo, porque lo que leo no me gusta. Tengo miedo de que me toquen la puerta, me muestren el escrito, me digan que no les gusta y me peguen un tiro. Pero eso está fuera de mi control y me tranquiliza. Releo lo que escribo y estoy nervioso. Me tranquilizo. Tal vez el que lo lee lo disfruta y le gusta. Tal vez el que lo lee desconfía de mi firma. Tal vez el que lo lee lo reescribe y nunca leyó lo que quise escribir.-

Fernando Peña.-

Ni tanta crisis, ni tanta fiesta.

Crisis es no comer. Crisis es no poder dormir, no poder permanecer despierto también es crisis. Estar en crisis es casi no poder pensar y no poder dejar de pensar también. Crisis es tener todo el tiempo en la cabeza un zumbido ensordecedor. La crisis es correr la cortina de la ducha a la mañana y encontrarse con el diablo enjabonado que te saluda con una sonrisa. Sin ponerme tan metafórico, redefino. Y te digo que la crisis es no tener un solo peso para comprarte ni siquiera un solito caramelo. La crisis es que cierren todos los restoranes, todos los bares y que tengas que comer caca en casa. No hay películas en los cines ni obras en los teatros. Tampoco hay programas en la televisión. Cuando hay crisis ni siquiera hay plata para derrumbar los cines, los teatros o los canales de televisión. Cuando hay crisis hay abandono, todo se desocupa tristemente… todo queda solo, vacío… Ni siquiera vacío… sin nadie… o tal vez tampoco sin nadie sino con nadie, con el olor a la gente que estuvo, con el dejo, con el residuo.

Crisis es encender la radio en AM o FM y escuchar interferencias, interferencias como las que escuchamos ahora cuando ponemos onda corta. Crisis es la gente desnuda y sucia llorando desesperadamente a los gritos por las calles. Crisis es que se mueran de hambre los gorriones que siempre fueron los suertudos que comieron gratis. Que se mueran las ratas y que solas revienten de una vez por todas las cucarachas. Crisis es no poder hablar, no solamente de la crisis, no poder hablar. Punto. Estar mudo de pena, de dolor y de sorpresa. Crisis es estar pasmado, paralizado. Paralizado por no poder creer la parálisis externa, la quietud, esa quietud tan amenazante que ni siquiera está quieta. Crisis no es estar paralítico, crisis es tener las dos piernas y no poder jugar a la pelota. Crisis es tener almohadas y sábanas pero no sueño. Hay mamá que te cocina pero no hay cacerolas, ni sartenes… ni gas. No hay más mar, ni delfines ni focas ni tiburones… Mucho menos leyendas de sirenas. Crisis es que se mataron los piratas entre ellos, los políticos ya no mienten ni inventan y los maestros no tienen nada que enseñar.

Crisis es que se peguen un tiro en la cabeza los médicos y ya no tengan colegas que los curen. Que por la amargura tan ácida en la lengua todos los hombres se vuelvan impotentes y estériles y que no nazca más nadie. Que nos muramos los que estamos y no vengan reemplazos. Que no llueva nunca más, que no caigan más hojas, que no haya más viento ni más lluvia ni más nada. Nada… nada… nada… No más helados ni choripanes. Ni pescar ni mojarritas. Ni mujeres ni bagres. Ni hombres ni estatuas. No hay más gordos ni flacos, ni pezones ni flores. Ni siquiera hay fantasmas, ni cuentos que los cuenten. No hay monstruos ni Mengueles. No hay historia, ni pasado, ni futuro. No hay fósforos porque no hay cigarrillos y no hay cigarrillos porque no hay ganas de fumar. No hay ley seca porque estamos disecados. No se venden más consoladores ni con forma de chota, ni con forma de pastilla. No hay depresión, no, no… no… no hay nada… nada… Nada.

Cuando hay fiesta hay matracas. Cuando hay fiesta hay bochinche. Cuando hay fiesta hay chimpum chimpum y carcajadas en la gente. Cuando hay fiesta hay gorritos y cornetas, cuando hay fiesta se mueve el esqueleto. Cuando hay fiesta, calavera no chilla. Cuando hay fiesta hay jarana. La fiesta es clericó, sidra, sangría y medio y medio. La fiesta es besarse chivado y que no te importe ni un bledo ni un pepino. La fiesta es un payaso llamado Pepino y un pepino en el culo de una yegua que gime y muerde la almohada. La fiesta es ruido a vidrios rotos y charcos de algo pegajoso en el suelo. Fiesta es sangre en el lavabo y un arañazo en el inodoro. La fiesta es un cacho de torta en la alfombra y la alegría de ver a tu cuñado en la puerta. Fiesta es que aparezca el perro perdido y que venga tu hijo con el diente de leche en la mano. La fiesta es saber que el mundo nunca va a terminar, que siempre vas a ser exitoso y que la plata nunca te va a faltar. Fiesta es saber que el año que viene es el año. Fiesta es que se acabó la desgracia para siempre. La fiesta es la película que vas a ver mañana, esa que está buenísima. Fiesta es que no te dé vergüenza bailar y que te dé bola quien mirás. Fiesta es estrenar una camisa con colores chillones y que no te importe. La fiesta recién empieza porque nunca es suficiente. Fiesta es que no te duela el estómago. La fiesta es que a la mañana siguiente cagues divino. Fiesta es la casa hecha un quilombo. Fiesta son las moscas a la mañana siguiente en los sándwiches de miga. La fiesta es que llores de emoción por la reconciliación. Fiesta es sentir otra vez la piel de gallina… verte deshinchado, joven e inspirado… La fiesta es ser famoso un segundo… la fiesta es el flash. La fiesta es estar de Red Bull, de ácido o de porro y todo va bien. La fiesta es tomar un té verde en éxtasis. La fiesta es sin éxtasis y con cocaína. La fiesta es estar limpio de drogas y sucio de espíritu… o al revés tal vez, no importa… estás de fiesta de todos modos. La fiesta es irse de viaje para siempre y volver a los tres días. Fiesta es que te quede bien el sombrero y encontrar lo que perdiste. La fiesta es la heladera llena y que todo sea bueno y barato. Fiesta es creer en Jesús de verdad. Fiesta es que Jesús nazca en vos a cada minuto sin tener que armar un nacimiento. Fiesta es aleluya… amén… a vos… a Dios… a todos. La fiesta es recibir millones de regalos o ninguno porque sos feliz. La fiesta es ser chiquito e inocente otra vez… Fiesta es que todo esté repleto, lleno, desbordando, brillante, despampanante, chorreando. Eso es fiesta. Alegría, felicidad. Cuando hay fiesta hay todo… todo… Todo.

Como verán no hay una cosa ni la otra. No estamos en ninguno de los dos estados. No veo a nadie de fiesta. No veo la fiesta. Estamos como siempre. Ni muy muy, ni tan tan. Ni en crisis ni de fiesta. Acostumbrados, tal vez. Dormidos, tal vez. Entumecidos, repitiendo lo que escuchamos perdiendo nuestra capacidad de reaccionar y reflexionar para volver a cero y percibir con responsabilidad la realidad. Nuestra realidad. Que no hace mal, o por lo menos hace menos mal que la realidad adquirida de los medios, de los vecinos, de tus parientes y de tus compañeros de trabajo que repiten: “¡Estamos en crisis! ¡Felices fiestas!”.

Siendo más realista que la Sarlo yo diría: “¡Estamos como siempre no se preocupen!”… Salud.-

Fernando Peña.-

CHICAS TRANQUILAS Y LIMPIAS CON LINDOS VESTIDOS

Todas las que conozco son putas, ex-putas,
locas. Veo hombres con mujeres
tranquilas, amables, los veo en los supermercados,
los veo caminando por las calles juntos,
los veo en sus departamentos: gente en
paz, viviendo juntos. Sé que su paz
sólo es parcial, pero hay
paz, a menudo horas y días de paz.

Todas las que he conocido son adictas a las pastillas,
alcohólicas, putas, ex-putas, locas.
Cuando una se va
llega otra
peor que la anterior.

Veo tantos hombres con chicas tranquilas y limpias
bien vestidas
chicas con caras que no son lobunas
o predatórias.

“No traigan más una puta por acá”, les digo a
mis pocos amigos, ” me voy a enamorar de una”.

“No podrías estar con una buena mujer, Bukowski”.

Necesito una buena mujer,
necesito una buena mujer,
más de lo que necesito esta máquina de escribir,
más de lo que necesito a mi auto, más
de lo que necesito a Mozart.

Necesito tanto una buena mujer que
puedo saborearla en el aire, puedo sentirla
en la punta de mis dedos,
puedo ver veredas construidas
para que sus pies caminen,
puedo ver almohadas para su cabeza,
puedo sentir mi risa que espera,
puedo verla acariciando un gato,
puedo verla durmiendo,
puedo ver sus pantuflas en el piso.

Sé que existe
pero, ¿Dónde está ella en esta tierra
mientras las putas continúan llegando?.-

Charles Bukowski.-

Marina

 

“… Yo soy tu maestro, yo soy tu maestro..”

“Las colonias son lugares a donde las madres mandan a los hijos cuando ya no los pueden controlar”. Pase toda mi infancia con esa frase como respuesta a cada vez que ir a una “colonia de verano” con algún compañero de la primaria se asomaba como posibilidad.
Durante mis primeros 8 o 9 años de vida, se podría decir que fui “controlable”, y por eso es que esa respuesta sonaba constantemente.
A los 10 años, y viviendo solo con una madre con culpa pos-separación, comence a recibir algunas licencias y permisos que antes se me negaban por vivir con una familia ligeramente sobre-protectora. Pasaba tardes en la plaza, en “la canchita”, o en el parque que se encontraba detrás del Htal. aeronautico. Jugaba a la pelota, tiraba piedras, me involucraba en alguna escaramuza y muy de vez en cuando me tiraba en el pasto a fantasear con la posibilidad de, en algún futuro, tener contacto con una mujer. Era un niño, no sabia del todo lo que significaba, pero lo quería.
Cada tarde que pasaba, terminaba un poco mas tarde que la anterior, y eso no era del todo bien visto en mi familia.
Eran tardes inocentes, en un barrio muy poco inocente. Era un niño rodeado de “hombres” que iban desde los 12 hasta los 18 años. Era la nueva y fresca manzana, en un viejo cajón de manzanas podridas.
Me mantenía al margen de cualquier tipo de mal habito, pero ¿Cuanto podía durar “puro y sano”?
Esta idea empezó a hacer mella en la cabeza de mi mamá, que decidió por primera vez en mi vida, anotarme en una colonia el verano venidero.
Pasaba tardes enteras en la calle en época escolar, no se imaginaba lo que podría hacer sin las responsabilidades que acarrea ir al colegio.
Así que con 11 años, con al cabeza llena de conceptos nuevos (Sexo, violencia, conveniencia, y trampa. Entre otros) fui introducido al mundo de las”colonias de verano”. Por suerte fui con mi primo, Fernando. Un pibe que habia crecido con esos conceptos, y no los habia acunado de “grande” (si se puede decir “grande” a los 11 años). Ambos fuimos “sorteados” en el mismo grupo. Teníamos la misma edad prácticamente.

El primer día ya me dio la pauta de que nuestro grupo iba a presentar algo especial. Mientras en el resto de los grupos se tenia que forzar la integración, en el nuestro se daba casi desde la primer hora. Chicos y chicas conociéndose del minuto cero. Todos manejábamos los mismos gustos. “Cumbia para bailar, Rock para escuchar” era la frase que mas se escuchaba en ese primer viaje en micro que nos llevaba a un predio en Ezeiza.
Mi primo y yo generamos muy rápido una amistad con dos personajes. Nicolas y Leo. Un rubio y un morocho tan distintos como compatibles. Nico enfermo del  globo (Como yo) Cumbiero pero con cultura rockera, peleador, mal hablado, canchero, y con mucha facha. Leo era cuervo, ricotero al mango, muy correcto y respetuoso, con cierto atractivo pero algo mas retraído.
Desde ese mismo primer día, Nico, Leo, mi primo y yo, hicimos lo que suele hacer cualquier grupo de hombres cerca de un grupo de mujeres, tengan la edad que tengan. Elegir. Era la primera vez que yo estaba tan cerca de grupos de mujeres, y era la primera vez que se me presentaba la posibilidad de interactuar con tantas mujeres, mas allá del colegio.
Era mi primera vez, pero me bastaron 20 minutos para comprender los standares en los que se basa un hombre para decidir que gusto de mujer va a comunicar. (Digo comunicar, porque la mayoría de los hombres solo comunicamos un porcentaje de lo que nos gusta, puesto que muchos somos demasiado inseguros para blanquear que ciertas cosas nos atraen, si sabemos que a otra persona le genera algo distinto)
Juzgue cuerpos, rostros, miradas, voces y actitud. Eso había aprendido a juzgar.
Los 4 nombramos mas o menos a las mismas chicas. El cuerpo de tal, los ojos de tal otra, la actitud de una , los pechos adolescentes de aquella, y el buen culo de otra. Esos fueron los comentarios mas dichos en ese momento de reunión. En esa misma reunión decidimos esperar a “conocernos mas” para decir “esta es mía”.
Lo que yo no dije, y me guarde para mi, fue el estallido de hormonas que generó cierta chica en mi. Esta chica es Marina.
Marina era rubia natural, era alta. Muy alta. Tenia un cuerpo que la hacia parecer de mayor edad. Tenia una sonrisa hermosa y real. De esas sonrisas que no se ven en la tele y por eso son mas lindas. Esas sonrisas de dientes reales, imperfecta, única. Tenia una mirada que te permitía entender que, aunque su cuerpo diga otra cosa, seguía siendo una nena. Marina era la mina mas linda que había visto alguna vez.

Me habían enseñado como se juzga a una chica. Me habían enseñado que “hay que avisar a quien encaras, para que las cosas estén claras con tus compañeros”. Lo que nadie me había explicado, es que las mujeres hacían exactamente lo mismo pero, lamentablemente, mirando hacia grupos un poco mayores.
A esa edad, la mujer es ligeramente mas madura, y por instinto natural, tiende a aspirar a conquistas mayores que las que podíamos representar nosotros 4 “nenes” recién salidos del cascaron.
Por suerte para nosotros, este juicio que emitieron no las inhibió de acercarse a nosotros con “buena onda”.
Esto nos permitió mantenernos en su radar, para cuando alguna sea rechazada o se desilusione de “los chicos mayores”.
Para mayor fortuna nuestra, al cabo de 1 semana, ya casi ni miraban a los “mas grandes” y estaban encantadas con este grupo de 4 chicos que las hacían reír, que eran “algo lindos” y que, casi siempre, le ganaban a “los grandes” en cualquier competencia.
Los primeros días eran geniales. Puras risas en el micro de ida. Invictos en competencias deportivas. Algún histeriqueo en la pileta. Y la vuelta en el micro, era cuando dábamos rienda suelta a ese gusto musical que nos diferenciaba un poco del resto de los grupos. Mientras en la mayoría de los micros sonaba “Nestor en Bloque”, en el nuestro sonaba (Casi) Siempre “Los Redondos”
Básicamente no podía pedir muchos mas. Era centro de atención a fuerza de mi humor, era exitoso deportivamente, era popular, me sentía alguien culto, solo porque en “mi” micro se escuchaba algo distinto. Todo esto, ademas, me había permitido acercarme a Marina. No como quisiera, pero como se podía. Estaba pleno. Pero lo mejor, SIEMPRE, esta por venir.

Un día, promediando la tercer semana, en pleno viaje de micro a Ezeiza, una de las chicas contó que en el micro de “los grandes” se jugaba a un juego de cartas, en el que los ganadores y perdedores cumplían prendas. Pero que las prendas, no eran esas prendas de “nenes chiquitos”. Eran prendas de “grandes”. ¿A que llamamos prendas de “grandes”? “Picos”, caricias, chupones, y algún que otro beso con todas las letras.
En “el grupo de los 4” (Nico, Leo, mi primo y yo) este comentario genero una gran curiosidad, pero que fue exteriorizada en forma de rechazo silencioso. Nadie quería ser el atrevido que se mostrara deseoso de besar o tocar a las chicas del grupo. Pero para nuestra sorpresa, a las chicas la idea les gustó. Así que de a poco fuimos soltándonos al grito de “Si ustedes quieren”, pero festejando por dentro.
El juego era simple. Reparto de cartas, el que recibía el ancho de oro, punto negativo. Un punto negativos le daban derecho al resto a decidir con quien tenias que compartir un “pico”, dos puntos un chupon en el cuello, tres puntos un “pico” por un periodo de tiempo,y cinco era el tope. Con cinco puntos negativos, debías besar de manera apasionada a quien te ordenara el grupo.
Todos acatamos las reglas, y al cabo de una semana ya habíamos intercambiado picos todos con todos (incluso Marina y yo) y muchos de nosotros habíamos vuelto a nuestras casas con algunos chupones en nuestro cuello. Lo que nunca había sucedido era que alguien llegue a los cinco puntos. El viaje no era lo suficientemente largo como para que eso se diera.
Luego de dos semanas de estos juegos, ya se habían formado “parejitas”, y abundaban las alianzas para que los elegidos para besarse sean quienes deseaban los perdedores, y no alguien impuesto. Yo seguía aceptando la decisión del grupo, pero por dentro, moría por llegar a los cinco puntos y besar a Marina como mi cuerpo me lo exigía. Eso sentía. El cuerpo me exigía llegar a otro nivel de “madurez” de la mano de Marina. Sentía que si mi primer beso no era con Marina, nunca me lo iba a perdonar. Y me daba mucho miedo lo que mi cuerpo pudiera hacerme si no hacia lo que me pedía.

Los días pasaban y a esa altura del verano, ya mis sentimientos por Marina eran inocultables. Había decidido confesarle lo que me pasaba con ella, con la esperanza de que su respuesta sea parecida a lo que yo sentía, obviar la burocracia de las cartas y poder besarnos.
Como podrán suponer, la respuesta no fue parecida.
Yo era su “amigo”. Un amigo con el que se daba “picos”, un amigo que le parecía lindo, un amigo con el que quería seguir teniendo contacto. Pero un amigo con el cual no quería tener su primer beso.
Esa negativa que pensé que me iba a arruinar, terminó por abrirme la puerta a un nuevo estado. Estaba “libre”. Me sentía “libre”. Sentía que como había fracasado en mi intento de acercarme a una chica mas allá de un juego, también podía acercarme a cualquier otra, sin el miedo de perder. Total, ya había fracasado con la que importaba, ¿Que importaba el resto?
Y así fue como inicie un histeriqueo tras otro, en la busqueda de que alguno desemboque en mi ansiado primer beso.

Una tarde de lluvia, la primera de mi experiencia en la colonia, no pudimos “hacer pileta”. Lo que nos dio mucho tiempo libre en un lugar cerrado. Esa era nuestra oportunidad de llegar a los cinco puntos negativos. En ese tiempo, yo estaba histeriqueando con una chica, y mi relación con Marina se había deteriorado luego de mi confesión. Seguíamos mirándonos de lejos y dedicándonos alguna sonrisa. Francamente, con esa sonrisa yo estaba hecho. Pero me sentía en deuda con las cosas que sentía en el cuerpo, y necesitaba tener mi primer beso. Sea con quien sea.

Se repartieron cartas, se repartieron “picos”, se repartieron chupones, y se cronometraron algunos “picos” mas. Abundaban las risas y cargadas, y a medida que pasaba el tiempo, la ansiedad por la llegada del quinto punto negativo era mayor. El tiempo pasaba y el quinto punto no llegaba.
Pero cuando creíamos que no iba a suceder (Casi siempre las cosas que tienen que suceder, suceden en ese exacto momento) llegó el tan ansiado punto numero 5.

Como no podía ser de otra forma, yo fui el acreedor del primer punto negativo numero cinco. En el instante en el que vi ese “1 de oro” frente a mi, no pude hacer otra cosa que buscar a Marina con la mirada. Por reflejo, por instinto o por inercia. Pónganle la etiqueta que quieran. La idea es que la miré, la busque, y la encontré mirándome también. Fue la primera vez que me sentí “conectado” con alguien. La primera vez que sentí que lo que pasaba por mi cabeza, podría ser lo mismo que pasaba por la cabeza de otra persona, en el preciso instante que nos miramos.
Mientras el resto deliberaba a quien iba a tener que besar, yo cerraba los ojos y solo podía pensar en Marina. Pensaba también en como me había mentido a mi mismo, creyendo que a la hora de la verdad, cualquiera vendría bien.
Cuando sentí que el grupo volvía con una decisión, me llené de nervios. Vengo de una crianza muy novelera, y he crecido con muchos de sus conceptos, como “el/la indicada” o “las mariposas en la panza”, entre otros.
Sabia que se acercaba la hora de mi primer beso, y quería que sea con la panza llena de mariposas.

“Lourdes”

Esa fue la palabra que escuche a penas mire al grupo que se acomodaba a mi alrededor. “Tenes que chaparte a Lourdes”.
Lourdes era una de las chicas mas atractivas del grupo, y yo llevaba una semana histeriqueando con ella. Nos dábamos la mano de vez en cuando, y alguna ves nos habíamos dado un pico sin necesidad de las cartas. Ella me gustaba, pero era algo que yo interpretaba como natural. Sentirme atraído por alguien atractivo. Ya solo leerlo suena como natural. Como normal. Si es atractivo, es porque atrae. ¿Y que tiene de interesante algo tan natural?. Marina era otra cosa, era atractiva, pero no me importaba su atractivo. Era linda, pero yo sentía que lo que generaba en mi cuerpo iba mas allá.

No proteste ante la decisión de la mayoría. Eran las reglas del juego. Mire a Marina por ultima vez. Su mirada no transmitía nada de nada. No lograba interpretarla. Me moría de ganas de sentir que lo que estaba por suceder le molestaba. Pero no pude “leer” nada de eso en sus ojos.
Mire a Lourdes. Sonreía. Se podía notar el entusiasmo. Pero no lograba sentirme conectado.
Dibuje una sonrisa en mi cara, y me convencí de que tenia que disfrutar de ese momento. Logre por un momento borrar a Marina de mi cabeza, y encarar lo que iba a pasar como se lo merecía.

Se venia mi primer beso.

Sucedió. Bese a una chica por primera vez. Era una chica linda. Linda como para contárselo a todo el mundo. Linda como para recordar. Y así fue el beso. Lindo. Nada mas. Nada menos.

Después de besarnos intensamente, separamos nuestras bocas y nos reímos. Nos reímos como se ríen dos personas, dos “nenes” que cruzan cierta barrera que generaba “miedo” solo para darse cuenta que el mundo desde el otro lado es exactamente el mismo. Después de esa breve risa. Después de alguna gastada del grupo. Busque a Marina. La busque con la mirada, y no la encontré. No estaba en el grupo, ni cerca del grupo. No entendía el porque, pero decidí que había sucedido algo demasiado importante como para hacerme esas preguntas.

Me acerque a mi grupo de amigos. Al grupo de “los 4” para hablar de lo que había pasado. Canchereamos, me agrande, infle mi ego, y fui testigo de las mas locas preguntas. “¿Que se siente besarse así?”. Me daba vergüenza contestar “Se siente como si te metieran algo igual a tu lengua en la boca, y te la frotaran. Es húmedo y raro”. Lo sentía demasiado técnico, así que me limite a decir que fue “Algo increíble”.

Después de ese beso a la vista de todos, el grupo se fue partiendo en lo que quedo de la tarde. Ya no hacían falta los juegos de cartas. Lourdes y yo habíamos abierto una puerta, y ya todos querían cruzarla. Desde ese instante, todos (chicos y chicas) se encararon y se dejaron encarar.
Yo decidí tomarme un tiempo para pensar en lo sucedido.
Había besado a una chica por primera vez. Había pasado al siguiente nivel. Estaba contento, y me sentía orgulloso de mi mismo. Pero de las mariposas no había ni noticias. No había en mi un sentimiento extraordinario. Todo era natural. Había besado a una chica linda, y me sentía bien. Natural.

En las semanas siguientes, ya todos se habían besado con todos. El juego de las cartas era algo del pasado.Ya no hacia falta.
Lourdes y yo no volvimos a besarnos. A decir verdad, ese beso nos había convertido en “amigos”, mas que en una pareja.
Marina no me hablaba, y de un día para el otro dejo de juntarse con el grupo. Se la veía siempre con “los mas grandes” y todos creíamos que estaba teniendo un romance con alguno de ellos. Este rumor no me hacia gracia, pero podía vivir con ello.
Por lo menos pude, hasta que ese rumor tomo cuerpo. Fui testigo de un beso de ella, y uno de “los mas grandes”.
Fue el primer “suceso doloroso” relativo al amor y las mujeres. Fue ver una escena de una película que quería vivir. Fue como sacar la foto del momento del que quería fomrar parte.

Quedaban pocos días para el final de la colonia. Mi primo estaba metido en un romance con Lourdes. Si, la chica de mi primer beso. Nico y Leo también tenían sus relaciones. Y yo, yo no veía la hora de que la colonia terminara. Necesitaba volver a la rutina. A la rutina en la que Marina no figuraba. Ni Marina, ni el desconocido mayor que la había besado. En realidad no. No quería volver. Quería a Marina. Quería el “primer beso” que había soñado.Quería las mariposas en la panza. Quería a Marina.

Como dije en algún momento “Las cosas que tiene que suceder, suceden cuando uno menos espera que sucedan”.

Una tarde, faltando una semana para el final de la colonia, Marina se me acerca para contarme que su romance había terminado. El de “los mayores” la había dejado por una de su grupo. Una “mayor”. Una de esas que se la pasaban tomando sol, hablando de los chicos de secundaria que no les daban bola.
Para mi sorpresa, ella no estaba triste.Estaba entera. Se la podía notar mas enojada que triste.
Decidí que para cambiarle la cara, era hora de iniciar la catarata de chistes. Desde esa edad ya tengo esa maldita costumbre de querer sobrellevar momentos incómodos con humor. La verdad es que me creo mas gracioso de lo que en verdad soy.
En fin, lo que empezó como una seguidilla de chistes, continuó con varios comentarios sobre su risa y lo lindo que era. Lo colorada que se puso al escuchar mis halagos a su risa, me sirvieron de pie para decir todo lo que me había pasado al ver frustrado mi “primer beso soñado”. Ese mismo que la tenia a ella como protagonista.
Ella solo atino a hacer comentarios sobre lo tierno que fui, y sobre lo injusto que fue que las cosas no se hallan dado de otra manera.

En un plano ideal, esa charla hubiera terminado en mi tan ansiado beso. Pero a veces, es mucho mejor la realidad que nos regala la vida, que lo ideal que nos plantea la conciencia.

Esa ultima semana, no nos separamos un segundo con Marina. Hablábamos de todo. Comíamos juntos. Nadábamos juntos. Eramos una parejita. Nosotros decíamos ser amigos, pero el afuera nos veía como novios. La verdad, esa etiqueta no nos molestaba. Pero les puedo asegurar que había entre nosotros una tensión especial.

La ultima tarde de colonia, nos llevaron a un salón y nos prepararon una especia de “fiesta”. Snacks, gaseosas, y un rato de música y baile. Baile toda la tarde con Marina. Bailamos un rock, bailamos un cuarteto,y bailamos un lento. Horas antes, en el almuerzo, Marina me había comentado que tenia una sorpresa para mi. Yo creía que era una pulsera, o un collar, o una de esas chucherias que se regalan entre si los chicos a esa edad. Esas baratijas tan cargadas de emotividad.
Al final del lento, mientras se asomaba de fondo la cumbia del momento, Marina me anticipó que se venia la sorpresa. Me dijo que ella había sentido algo raro cuando a mi me tocó el quinto punto negativo aquella vez. Ella me propuso hacer de cuenta que todo lo que paso después, no pasó en realidad. Que yo no había besado a Lourdes, que ella no se había escapado a refugiarse en los brazos de uno de “Los Grandes”, que ese mismo pibe no la había dejado por otra. Que el tiempo se había detenido en ese preciso momento. Yo no entendía hacia donde iba, hasta que la vi sacarse de un bolsillo un naipe. El “1 de oro”. Me lo entrego y me dijo “llegaste al quinto punto negativo, tenes que besar a alguien del grupo, y solo estamos vos y yo.” y sonrió. Yo no podía creer lo que estaba pasando. La miré con mi cara llena de risas, tratando de ver en su cara una explicación oculta. Y vino a mi. Entendí que esa era mi revancha. Nuestra revancha. Era la oportunidad de vivir ese primer beso que no habíamos podido vivir. La oportunidad de sentir todo lo que tenia que sentir. La oportunidad de saldar esa deuda con mi cuerpo.

Tome la carta. Acepte la prenda. “Reglas son reglas” dije, mientras de fondo sonaba “Yo soy tu maestro” de El magoman.
Y nos besamos. Fueron los segundos mas eternos. Fueron mil mariposas en la panza. Fueron cosquillas en el cuello. Fue todo lo que tenia que ser y fue un poquito mas. Fue cruzar una barrera que esta vez si me mostraba un mundo distinto. Fue saber que había algo mas allá de lo normal, algo mas allá de lo natural. Algo que por suerte no puedo,ni podre nunca poner en palabras.
Nos separamos de ese primer beso, solo para tomar envión y volver a besarnos. Y nos reímos antes, durante y después. Nos reímos porque no podíamos contenernos. Nos reímos porque esperamos hasta el ultimo día. Nos reímos de felicidad. Tuvimos nuestro momento de felicidad, y lo aprovechamos. Tuvimos las “mariposas en la panza”, tuvimos las luces, la música, el marco y todo lo que componía ese momento que habíamos soñado. Fuimos dos nenes haciendo algo de “grandes” por primera vez. Y por primera vez fuimos felices haciéndolo.

Todas las historias merecen un final feliz. Incluso la historia de dos nenes y su primer beso. Ese final feliz no siempre esta precisamente al final.
Yo elijo quedarme con ese beso como el final feliz. El momento mas pleno de felicidad en esta historia.
Pero si quieren saber el final de esta historia, no voy a ser un impedimento. Eso si. Deseo de todo corazón que , como yo, elijan el momento del beso como “el final”.

Marina y yo nos despedimos. Se terminaba la colonia. Lloramos y nos reímos. Habíamos compartido algo increíble y íbamos a estar en la memoria del otro para siempre, pero se terminaba la colonia y no íbamos a volver a compartir esa rutina. Intercambiamos números y mails. Incluso organizamos una salida para el domingo siguiente.
El domingo siguiente llegó.
Nos encontramos, nos abrazamos, nos dimos un beso y caminamos de la mano. Pero casi ni hablamos. No teníamos de que. No compartíamos nada. Cada vez que uno comentaba algo, era seguido de un silencio incomodo.
Yo empece a sentirme incomodo con ciertas cosas que ella decía y hacia. Ella dejo de reírse de mis chistes.
Nos despedimos con la idea de volver a vernos.”Arreglamos por mail”.
Ese mail nunca se mandó.
Las clases comenzaron, y yo volví a mi rutina. Algunos meses después, Marina era solo el nombre que le ponía a la anécdota de mi primer beso. Ya no había algo fuera de lo normal. Se había vuelto tan natural como eso. Un nombre y una anécdota.
Nunca mas volvimos a vernos, y la verdad es que esta bien así.

Desde que te vi bailar

Pasé años y años escribiendo sobre vos, sin haberte visto nunca bailar. Y desde que te vi bailar, solo puedo sentir que me quedé siempre corto.

Pasé años y años llorando por ser corto de vista. Pero desde que te vi bailar descubrí que soy un halcón, puesto que distinguí tu cuerpo moviéndose a casi 50 metros.

Pasé años y años convencido de que no soportaría 10 minutos de danza contemporánea. Pero desde que te vi bailar descubrí que soy harto tolerante pues me quede a un numero de 40 minutos para poder verte a vos.

Pasé años y años creyendo que era una persona de mente abierta. Pero desde que te vi bailar descubrí que soy un cavernicola que no soporta ver que otro flaco te acaricie y te abrace aun cuando forma parte todo de una coreo.

Pasé años y años asegurando que el mundo de las artes me era ajeno. Pero después ed verte bailar me siento con la autoridad como para criticar a quien sea atreva a moverse al ritmo de unos compases, pues fui testigo tuyo y no necesito más.

Pasé años y años aseverando ser una persona que sabe esperar. Pero desde que te vi bailar que no veo la hora de volverte a ver, y abrazarte después. Otra vez. Y quizás una vez mas.